Marathon no es el problema de Destiny. Pensar lo contrario es no entender la situación de Bungie

Durante los últimos meses se ha repetido un mensaje con insistencia dentro de una parte de la comunidad de Destiny: “Cancelad Marathon y haced Destiny 3”. La idea ha ido creciendo hasta el punto de convertirse en campañas en redes sociales, recogidas de firmas e incluso convocatorias simbólicas de manifestaciones frente a las oficinas de Bungie.

Es una reacción emocional. También es una reacción comprensible. Destiny ha acompañado a millones de jugadores durante más de una década y muchos sienten que Bungie ha dejado de priorizar la franquicia que construyó su identidad moderna. Sin embargo, cuando se analiza la situación desde un punto de vista empresarial, creativo e industrial, la conclusión es muy distinta: Marathon no es el obstáculo para un hipotético Destiny 3. De hecho, si Marathon fracasa, probablemente estaremos más lejos que nunca de volver a ver una nueva entrega de Destiny.

No se trata de defender Marathon a toda costa ni de ignorar las críticas que ha recibido. Se trata de entender cómo funciona hoy la industria del videojuego y cuál es la realidad económica de Bungie.

«Marathon no es el obstáculo para Destiny 3. Si Marathon fracasa, Bungie estarIá todavía más lejos AUN de poder desarrollarlo.»

Destiny 3 no resolvería los problemas de Bungie

Existe la falsa percepción de que Destiny 3 sería una especie de botón de reinicio capaz de solucionar automáticamente todos los problemas del estudio. Es una idea atractiva porque simplifica una situación muy compleja, pero no tiene demasiado recorrido cuando se observan los hechos.

Bungie ya no es el estudio de 2014. Tampoco es el de 2017. La industria AAA ha cambiado radicalmente. Los presupuestos son mucho mayores, los ciclos de desarrollo son más largos y el riesgo financiero asociado a cada lanzamiento es enorme. Un proyecto del calibre de Destiny 3 supondría probablemente una inversión de cientos de millones de dólares y entre cinco y siete años de desarrollo antes de llegar al mercado.

El problema es que Bungie no atraviesa precisamente su momento más sólido.

En 2022, Sony adquirió Bungie por 3.600 millones de dólares, una operación que pretendía convertir al estudio en una pieza clave dentro de la estrategia de juegos como servicio de PlayStation. Sin embargo, apenas dos años después comenzaron a aparecer señales preocupantes. Primero llegaron los despidos de alrededor de un centenar de trabajadores en 2023. Después, en julio de 2024, Bungie anunció otros 220 despidos, mientras 155 empleados adicionales fueron integrados directamente dentro de Sony Interactive Entertainment. En total, el estudio perdió cerca del 40 % de la plantilla que tenía antes de la adquisición. A ello se sumó un deterioro contable de aproximadamente 765 millones de dólares relacionado con Bungie registrado por Sony durante el ejercicio fiscal 2024, un indicador claro de que las expectativas económicas alrededor del estudio habían cambiado considerablemente.

Estos datos no describen a una compañía que pueda permitirse iniciar de inmediato el proyecto más ambicioso de toda su historia.

Además, diversos periodistas con un historial muy fiable cubriendo Bungie, como Jason Schreier, han señalado que Destiny 3 ni siquiera se encuentra actualmente en desarrollo activo. No existe un proyecto aprobado esperando simplemente a que Marathon desaparezca. La realidad es bastante más dura: hoy por hoy, Destiny 3 no forma parte del presente de Bungie.

“Antes de construir un nuevo Destiny, Bungie necesita volver a ser un estudio estable.”

Antes de construir una nueva entrega de una franquicia de semejante tamaño, el estudio necesita recuperar estabilidad económica, reconstruir equipos y volver a demostrar que puede afrontar proyectos de gran escala con garantías. Pensar que cancelar Marathon liberaría automáticamente recursos suficientes para levantar Destiny 3 es desconocer cómo funcionan la planificación, la financiación y la producción de un videojuego AAA.

El verdadero problema de Bungie nunca fue Marathon

Una de las narrativas más repetidas durante los últimos años consiste en responsabilizar a Marathon de prácticamente todos los problemas de Destiny. Sin embargo, esa explicación ignora una cuestión mucho más importante: Bungie llevaba años enfrentándose a un problema estructural mucho antes de que Marathon se presentara oficialmente.

Durante más de una década, el estudio ha dependido casi exclusivamente de una única franquicia.

En cualquier otra industria, basar prácticamente todo el negocio en un solo producto sería considerado un riesgo enorme. En videojuegos ocurre exactamente igual. Cuando un estudio depende de una sola IP, cualquier bajada de ingresos, cualquier expansión que venda menos de lo previsto o cualquier cambio en los hábitos de consumo puede convertirse en una amenaza existencial.

Eso fue precisamente lo que ocurrió con Destiny 2.

Tras el lanzamiento de Lightfall, Bungie reconoció internamente que los ingresos del juego estaban aproximadamente un 45 % por debajo de las previsiones. Aquella información, publicada posteriormente por varios medios especializados, ayudó a entender por qué llegaron después los despidos y la profunda reestructuración del estudio.

El problema, por tanto, no era Marathon.

El problema era que Bungie había construido un modelo empresarial excesivamente dependiente de Destiny y cuando una empresa llega a ese punto, la solución lógica no consiste en reforzar todavía más esa dependencia, sino exactamente en lo contrario: diversificar.

Por eso Marathon existe. No porque Bungie quiera abandonar Destiny. No porque Sony obligue al estudio a olvidar su franquicia más importante. Sino porque ningún estudio de este tamaño puede permitirse vivir indefinidamente de un único videojuego.

De hecho, Bungie lleva intentando diversificar prácticamente desde que se separó de Microsoft tras Halo. Destiny fue precisamente ese primer gran paso fuera de Halo. Marathon representa ahora el siguiente intento de construir una segunda gran propiedad intelectual capaz de sostener parte del peso económico del estudio.

Destiny tampoco necesita convertirse en una franquicia infinita

Existe otro aspecto del debate que suele quedar completamente eclipsado por la nostalgia: ¿realmente Destiny necesita una tercera entrega ahora mismo?

Durante años, una de las mayores críticas hacia Destiny 2 fue precisamente la dificultad de mantener un juego vivo durante más de diez años sin que la experiencia terminara acumulando sistemas, monedas, mecánicas y barreras de entrada para nuevos jugadores.

Cada expansión añadía nuevas capas sobre las anteriores. Nuevas subclases. Nuevos sistemas de fabricación. Nuevas progresiones. Nuevas economías. Nuevos exóticos. Nuevas actividades.

Al mismo tiempo, Bungie luchaba constantemente contra limitaciones técnicas heredadas de un proyecto concebido hace más de una década.

La comunidad suele imaginar Destiny 3 como una oportunidad para empezar de cero. Sin embargo, rara vez acepta las consecuencias reales de ese reinicio: un nuevo Destiny implicaría dejar atrás miles de armas, colecciones enteras de armaduras, cosméticos, títulos, triunfos, sistemas y personajes. Habría que reconstruir el sandbox completo desde cero y volver a diseñar decenas de actividades que hoy damos por sentadas.

Y entonces aparecería el siguiente problema: si Bungie elimina demasiado contenido, una parte importante de la comunidad sentirá que ha perdido diez años de inversión. Si mantiene demasiado contenido, el juego será percibido simplemente como un Destiny 2,5. Si introduce cambios profundos, muchos dirán que “ya no se siente como Destiny”. Si cambia poco, otros afirmarán que “es exactamente el mismo juego”.

Esa es la enorme trampa de Destiny 3.

La comunidad pide un reinicio, pero al mismo tiempo espera conservar todo aquello que hizo grande a Destiny durante la última década y ese es un equilibrio extraordinariamente difícil de conseguir.

La nostalgia no puede convertirse en una estrategia empresarial

Hay una pregunta incómoda que merece la pena hacerse: cuando la comunidad pide Destiny 3, ¿está pidiendo realmente un videojuego nuevo?

Probablemente no.

Lo que muchos jugadores buscan es recuperar las sensaciones que experimentaron durante los primeros años de la saga: el misterio del Viajero, la primera visita a la Torre, la emoción de entrar en la Cámara de Cristal sin saber qué esperaba al otro lado, la primera vez que cayó un Gjallarhorn, las noches enteras intentando superar King’s Fall… Pero esas experiencias no dependen únicamente del videojuego.

“Muchos jugadores no están pidiendo Destiny 3. Están intentando recuperar las sensaciones que vivieron hace diez años.”

Dependen también del momento vital de cada jugador, de la novedad, del descubrimiento y de una comunidad que todavía estaba construyendo su propia identidad. Eso no puede recuperarse simplemente escribiendo un “3” detrás del logotipo. La industria del videojuego está llena de secuelas que intentaron recrear exactamente la magia del original y terminaron demostrando que la nostalgia, por sí sola, nunca es suficiente para construir una obra nueva. Quizá por eso resulte tan importante aceptar que la Saga de la Luz y la Oscuridad llegara a su final. Después de diez años, Destiny consiguió algo que muy pocas franquicias como servicio logran alcanzar: cerrar una historia enorme antes de convertirse completamente en una caricatura de sí misma.

No significa que el universo de Destiny deba desaparecer para siempre, significa que, si algún día vuelve, debería hacerlo porque existe una idea realmente capaz de justificar su regreso y no porque la comunidad necesite desesperadamente un sustituto para llenar un vacío.

Desear que Marathon fracase puede perjudicar precisamente a quienes quieren más Destiny

La contradicción más llamativa de todo este debate es probablemente la más sencilla de explicar. Muchos jugadores afirman querer proteger el futuro de Destiny mientras desean abiertamente que Marathon fracase. Pero un fracaso comercial no genera automáticamente un proyecto nuevo.

Genera recortes.

Genera despidos.

Genera pérdida de autonomía.

Genera menor capacidad de inversión.

Genera una empresa más pequeña y más dependiente de las decisiones de su matriz.

“Un fracaso comercial no construye un nuevo videojuego. Construye un estudio más pequeño.”

Eso es exactamente lo contrario de lo que necesitaría Bungie para afrontar el desarrollo de un nuevo Destiny. Porque un Destiny 3 exigiría precisamente aquello que un fracaso importante pondría en riesgo: estabilidad financiera, confianza por parte de Sony, talento interno, tiempo de desarrollo y capacidad para asumir una inversión multimillonaria durante años.

Marathon no necesita convertirse en el próximo Fortnite para cumplir su función, ni siquiera necesita redefinir el género, lo que Bungie necesita es demostrar que sigue siendo capaz de crear nuevas propiedades intelectuales y reducir la enorme dependencia que ha mantenido respecto a Destiny durante la última década. Si Marathon consigue consolidarse como una segunda fuente de ingresos estable, Bungie ganará margen para experimentar, crecer y, quizá algún día, volver al universo de Destiny desde una posición de fortaleza. Si fracasa estrepitosamente, ese camino será mucho más difícil.

El futuro de Destiny depende antes del futuro de Bungie

Es comprensible que una comunidad apasionada reaccione con frustración cuando siente que su franquicia favorita ya no ocupa el centro de la conversación. Destiny ha marcado a toda una generación de jugadores y nadie debería sorprenderse de que muchos quieran seguir explorando ese universo. Sin embargo, reducir el debate a un enfrentamiento entre Destiny y Marathon significa ignorar el problema de fondo. El futuro de Destiny no depende únicamente de cuánto desee la comunidad una tercera entrega, depende de que Bungie siga siendo un estudio con recursos, estabilidad y libertad suficiente para construirla. Y hoy esa estabilidad pasa necesariamente por diversificar, por recuperar músculo financiero y por demostrar que puede sostener algo más que una sola franquicia.

Quizá dentro de diez años exista un Destiny 3.

Quizá nunca llegue.

Pero hay una conclusión que parece difícil de discutir: desear el fracaso de Marathon no acerca ese futuro. Todo apunta a que lo aleja. Porque Marathon no es el enemigo de Destiny, la verdadera amenaza sería que Bungie volviera a depender únicamente de una franquicia que ya ha cargado sobre sus hombros el peso del estudio durante más de diez años. Y esa es una lección que la propia historia reciente de Bungie ya ha demostrado que es, probablemente, demasiado cara.

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